martes, 2 de abril de 2024
LA BRUTALIDAD DE LOS PERROS DE DIOS, LOS DOMINICOS
domingo, 31 de marzo de 2024
LA IGLESIA MONÁRQUICA: MONOPOLIO, ESCLAVITUD Y EXPLOTACIÓN.
Historiadora Ecuatoriana
martes, 19 de marzo de 2024
EL PAPA FRANCISCO, LA HOMOSEXUALIDAD Y LA HIPOCRESÍA DE LA IGLESIA
El papa ha intentado suavizar la postura de la Iglesia hacia la homosexualidad, aun a costa de contradicciones, empezando porque el Vaticano es una organización con una doble moral. Pero a menos que la Iglesia no haga un examen de la homosexualidad en su interior y del dolor al que ha condenado a los homosexuales que nacieron católicos, las declaraciones del sumo pontífice no pasarán de un escándalo suscitado por el documental de moda.
Crecí en una familia católica y me eduqué en escuelas católicas. Comparto con muchos homosexuales latinoamericanos o de países católicos la confusión inicial de salir del clóset, que significa un tortuoso proceso de desmontar un cuerpo de creencias y valores para adoptar otros, y entender que familia y religión, como yo las conocía, quedaban vetados.
Cuando a los 18 años asumí que era gay, me pareció que lo más honesto sería llevar el tema al confesionario. También quería tenderle un puente a mis padres, quienes estaban terriblemente angustiados y, como yo, no tenían ningún asidero. Me metí a un retiro espiritual que duró un fin de semana, y, casi al final del mismo, me confesé con un padre en busca de consejo y alivio. El sacerdote me dio dos opciones. O me arrepentía y renunciaba a una vida sexual, o me condenaba al infierno. No solo me estaba empujando a una vida clandestina, sino que también me escatimaba la posibilidad de trascendencia si aceptaba mi homosexualidad. No había cabida para mí en la Iglesia.
Visto de otra manera, las opciones eran: llevar una vida infeliz sin sexo en espera del Cielo o apostar por una vida plena en la Tierra pero sin religión.
También, por estar inmerso en una cultura católica, uno se da cuenta del doble rasero de la Iglesia con respecto a la homosexualidad. El director del bachillerato donde yo estudiaba, una escuela únicamente para varones, mandaba llamar a los alumnos por altavoz para que fueran a su oficina. Allí les preguntaba sobre sus experiencias sexuales, no en el ámbito de la confesión, tampoco en el del consejo experto, sino en el de una extraña atmósfera enrarecida. Solo Dios sabe qué satisfacciones obtenía con esos relatos.
Todavía experimento confusión con respecto a ese y otros comportamientos del colegio del que todos participaban pero nadie hablaba. Sin embargo, para los estándares de la Iglesia católica, esas entrevistas son lo de menos. Mi escuela estaba muy lejos de los escándalos sexuales de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, una penosa congregación que dio el catolicismo mexicano al mundo. El comportamiento criminal de Maciel fue largamente ocultado por el Vaticano y acallado por las clases altas de España y varios países latinoamericanos.
El año pasado, el sociólogo francés Frédéric Martel publicó Sodoma, un exhaustivo trabajo de investigación sobre la homosexualidad dentro del Vaticano. Martel apunta hacia un gran fraude. Dice que durante los últimos papados, cuando se promovió la idea de que el sida era un castigo divino, condenaban la distribución de condones o señalaban que la teoría de género era una abominación, la vida sexual en el Vaticano era incontrovertiblemente homosexual y las estrategias para mantenerla en secreto solo se pueden comparar a las de la mafia italiana. En medio se describen fiestas, drogas, relaciones con prostitutos y nombres secretos en femenino.
En este contexto, Francisco sería un liberal que nada en aguas estancadas de un sacerdocio en crisis por años de negación y silencio. No es difícil apreciar su intento por tener un acercamiento menos hostil a la comunidad LGBT, pero se necesitan acciones concretas para acabar con la hipocresía de la Iglesia y para restaurar el daño que sus enseñanzas causan a los homosexuales, especialmente a los que nacimos católicos y a quienes nos señala como el monstruo en el cuarto.
En primer lugar, la Iglesia debería mostrar más compasión por los sacerdotes homosexuales. Un interesante estudio sobre el estado del sacerdocio en Estados Unidos (The Changing Face of the Priesthood), conducido por el padre Donald B. Cozzens y publicado en 2000, calcula que el número de sacerdotes homosexuales en este país oscila entre el 23 y el 58 por ciento, con los más altos porcentajes entre los sacerdotes más jóvenes. ¿Qué le dice a la Iglesia esa cifra dada por uno de sus propios miembros? ¿Cómo debe reaccionar ante la orientación sexual de sus sacerdotes? ¿Cómo se supone que un sacerdote condenado por sus preferencias pueda al mismo tiempo llevar a cabo su ministerio?
En segundo, la Iglesia debería de abandonar desde ya la postura de que la orientación homosexual es un desorden y promover que la gente sea capaz de aceptar su sexualidad como un aspecto positivo de su personalidad.
No es fácil ser optimista sobre estos cambios. Es probable que tarden mucho en llegar mientras la crisis dentro de la iglesia se profundiza y el mundo sigue caminando hacia un mayor ateísmo y secularización. Sin embargo, si la Iglesia quiere sobrevivir debe actualizarse y abrirse a quienes aceptan sus enseñanzas y actúan de buena voluntad. No le queda mucho tiempo para hacerlo.
Por Guillermo Osorno
Periodista, editor y promotor cultural.
FUENTE: https://www.nytimes.com/es/2020/10/31/espanol/papa-homosexualidad-iglesia.html
lunes, 18 de marzo de 2024
LA PERVERSION DE LA SEXUALIDAD Y LA SENSUALIDAD POR PARTE DE LA IGLESIA CATÓLICA EN ECUADOR
La Iglesia colonial mantenía un estricto control sobre la vida de sus feligreses, sobre su sexualidad y hasta sobre sus pensamientos. Prácticamente no existía la vida privada como derecho de las personas, porque la Iglesia, a través de la confesión, descubría hasta sus secretos más íntimos. De otro lado, siendo no muy grandes las ciudades de Quito y Guayaquil, y muy pequeños el resto de los pueblos, todos se conocía, todos sabían las historias de todos y todo se contaba a voz en cuello, los esclavos e indios informaban a lo que veían o escuchaban a sus amos y a los sacerdotes y éstos, a su vez, daban cuenta de todo lo que pasaba a sus alrededor a las autoridades eclesiásticas y civiles. Dichas autoridades regulaban la movilización de las personas, con lo cual ejercían una forma de control general y centralizada.
Ese ambiente de control y represión en fue similar en Quito y en Lima: “Por los testimonios de los testigos (en las visitas que las autoridades realizaban periódicamente a los barrios) se nota que la vida privada era una esfera sumamente permeable, ya la vida cotidiana suponía una cercanía muy marcada entre las personas. Esto facilitaba a las autoridades los accesos a la intimidad de los personajes en cuestión.
Para la gente de la ciudad que una mujer entrara a “deshoras” en casa de un hombre solo y viceversa, que alguno de los implicados visitara con regularidad el lugar de residencia del otro, “que comieran y bebieran juntos en una misma mesa” evidenciaba la existencia de relaciones sexuales ilícitas” ( *Maria Emma Manarelli).
Contribuía efectivamente al control ideológico de la población quiteña la existencia de gran cantidad de conventos , poblados por infinidad de frailes. En 1656, el obispo Montenegro enumeraba alguno de los conventos existentes: en Ibarra, que no tenía más de setenta vecinos, había cuatro conventos; Latacunga, que solo era asiento y no llevaba a villa y tenia cuatro; Riobamba, villa de noventa vecinos, tenía cuatro conventos de frailes, uno de monjas y dos curas. En Loja había un o y en Cuenca dos.
De otro lado, era la Iglesia la que controlaba y registraba los actos civiles de las personas, desde su nacimiento y hasta su muerte; autorizaba y realizaba los matrimonios; inscribía los nacimientos, fuesen legítimos o ilegítimos; entendía y
Decidía en los juicios de divorcio o nulidad del matrimonio, en las demandas por amancebamiento; imponía castigos o daba la absolución de los pecados en el confesionario; y escuchaba los más ocultos secretos en el momento de la muerte. Tenía, por tanto, un control rígido y especifico sobre todas las personas de su jurisdicción, en especial de las mujeres, las cuales, frente a las dificultades de su vida cotidiana o ante la presencia de problemas sicológicos, recurrían a la ayuda y consejo espiritual de los sacerdotes. De este modo, los religiosos regían por entero la vida de la comunidad a través de la manipulación de las mujeres, lo cual adicionalmente les permitía obtener también réditos sexuales s y económicos.
A partir de esta estrecha conceptualización del arte, quedaban de hecho condenadas como heréticas o pecaminosas todas las demás manifestaciones del arte, inclusive las pinturas y esculturas que no respondieran al ideal religioso. Así lo prueban con abundancia de ejemplos, las célebres ordenanzas del virrey Toledo, que prohibían y calificaban de idolátricos todos los cantos y bailes de los indios, y el mismo sentido tuvieron una infinidad de decretos canónicos y pastorales eclesiásticas que condenaron, a lo largo de la vida colonial, las expresiones artísticas no religiosas, tales como la pintura y escultura profanas, la danza, el canto y baile colectivo, tanto de blanco como de mestizos y negros e indios. Un ejemplo relevante de esa satanización del arte no religioso lo tenemos en el famoso cuatro titulado “El Infierno”, del Padre Hernando de la Cruz, que se conserva en la iglesia de la Compañía de Jesús, de Quito, en el cual aparecen, entre los condenados por la ira divina, unas gentes en mallas de ballet,
Identificadas con el título de “bailarines deshonestos”.
Jenny Londoño López
Historiadora Ecuatoriana.
sábado, 20 de febrero de 2010
LA VERDAD SALIO A LA LUZ. EL CLERO CATÒLICO, LA ORGANIZACIÒN MÀS SEXUALMENTE DEPREDADORA DEL MUNDO.
Sebastian Gehrmann, un sociólogo que estudia el problema, señala que esto ha provocado la bancarrota de varias diócesis de Estados Unidos, especialmente de la de Boston. Y que en 23 países existen denuncias de agresiones de clérigos hacia monjas, de niños sordomudos en Italia, menores de edad en Austria y niños en Polonia. Y agrega que la lista desgraciadamente es mucho más larga.
Y que todo esto no se soluciona con la condena de los autores de tales violaciones ni con el pago de indemnizaciones a las víctimas. Se anuncia que a partir del 22 de este mes la Conferencia de Obispos Católicos Alemanes se dedicará al tema de violaciones y abusos. Evidentemente se tendrá que ir al fondo de la cuestión. Y en eso está en claro que, quiérase o no, deberá comenzar el debate acerca del voto de castidad de los sacerdotes. Alemania misma tiene el ejemplo: los pastores de la Iglesia Evangélica luterana pueden casarse y tener hijos. Los sacerdotes católicos, no, deben ser “castos” desde que nacen hasta que mueren. Veamos pues entonces las estadísticas, comparemos.





