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martes, 2 de abril de 2024

LA BRUTALIDAD DE LOS PERROS DE DIOS, LOS DOMINICOS

 


 Entre los años 1231 y 1235 el papa Gregorio IX organizó tribunales eclesiásticos para descubrir y castigar la herejía, la encargada de esta misión fue la orden religiosa de los dominicos. El nombre de esta congregación religiosa se deriva de la voz latina “Domine Cannes” que significa “perros de Dios”.

La iglesia cristiana  desde sus albores estuvo convencida que los placeres carnales injurian a Dios y a la sociedad, por esta razón los definió como  pecados aberrantes que se debían castigar con las rigurosas leyes   del tribunal del Santo Oficio, esta institución calificó como delito a todo acto sexual que no culminaba con la inseminación de la mujer.  Desde su creación la Santa Inquisición estimó a todas las  practicas sexuales infecundas  como “crimen contra natura”, de una inmensa lista de estas prácticas, la homosexualidad masculina fue considerada la infracción más grave, por ello se la llamó también “el crimen sin nombre” o “pecado nefando”.

Con el descubrimiento de América, los obispos que participaron en la conquista organizaron en esta región del mundo tribunales inquisitoriales provisionales para castigar las costumbres de los indígenas y las “conductas escandalosas y deshonestas de algunos soldados españoles”. Estos pseudo tribunales que no fueron establecidos por decreto oficial,  sin ningún juicio condenaron a una cantidad indeterminada de indígenas, negros y mestizos    a penas monstruosas. A este episodio los historiadores lo denominan: “La inquisición primitiva en América”

Una vez organizada la América española en virreinatos y reales audiencias, las denuncias efectuadas por los obispos de Quito y el Cuzco ante el Inquisidor General, motivaron a   Felipe II a dictar una cédula real el 25 de enero de 1569 en la cual se mandaba establecer  tribunales del Santo Oficio en Lima y México.

Los trabajos  que sobre los archivos inquisitoriales efectuara  el historiador chileno José Toribio Medina y los documentos recopilados por  el padre dominico   Vacas Galindo, permiten conocer que una poderosa razón para instaurar el tribunal del Santo Oficio en Lima fue la condición religiosa de los habitantes de la Gobernación de Yaguarzongo (Loja) en la Real Audiencia de Quito, pobladores que se habían ganado la animadversión del obispo de Quito, Pedro de la Peña y Montenegro el cual no cesaba de denunciarlos ante el Inquisidor General   tildándolos de “la escoria del mundo” (judíos).

En el año 1570 en las ciudades de Lima y México fueron creados los primeros tribunales del Santo Oficio de la Inquisición en el Nuevo Mundo, así mismo en el año 1608 fue establecido en la ciudad de Cartagena de Indias un nuevo tribunal de la Inquisición, en vista de que los dos primeros tribunales no avanzaban a tramitar tantos procesos judiciales, la Real Audiencia de Quito estuvo incorporada al territorio jurisdiccional asignado al tribunal limeño.

La fundación del tribunal de la Inquisición en Indias, formó parte de un maquiavélico proyecto político lanzado por el rey Felipe II en 1569 con el objeto de robustecer el poder de su monarquía en tierras americanas. El Santo Oficio fue visto como la institución más precisa par a vigilar las costumbre e imponer el silencio en cuestiones ideológicas.

La Inquisición utilizó la represión sexual como un instrumento de dominación, convirtiendo al sexo en algo degradante. Los archivos inquisitoriales permiten saber que el Santo Oficio actuó de forma brutal contra los homosexuales que no se sometieron a los mandatos de la iglesia. Los métodos de tortura utilizados por el macabro tribunal sólo se pueden comparar con aquellos que utilizaron los nazis o los militares sudamericanos que actuaron en la “guerra sucia”.

El Santo Tribunal fundado por poder real en América, mantuvo atribuciones separadas de la justicia ordinaria y muy superiores a ella y a los mandatarios en cuyas provincias funcionó. Por otra parte, desde 1570  la población indígena quedo fuera del control de la inquisición, pues para juzgar a esta población se creó el “Tribunal de extirpación de idolatrías”.

En 1572 el tribunal de la Inquisición ordenó a sus verdugos , el arresto de fray Francisco de la Cruz en el convento de Santo Domingo en Quito, este teólogo utilizó los delirios místicos de una beata, para anunciar que un niño abandonado a las puertas de una misión limeña, dirigiría a los indios y negros en su lucha para liberar al Perú de la dominación española, durante el juicio que duró cerca de seis años, De la Cruz fue acusado de hereje, dogmatizador y apostata,  de “haber caído en el pecado nefando con dos frailes de su Orden”. En el desarrollo del proceso, el dominico acusó a sus compañeros de Monasterio y Orden, de que la mayoría de ellos disfrutaban de una intensa vida homosexual “en especial los frailes novicios”.

El 13 de abril de 1578 en un auto de fe realizado en las plaza mayor de Lima, murió en la hoguera fray Francisco de la Cruz, un motivo determinante para su ejecución fue la abierta identificación del este sacerdote con las tesis humanistas planteadas por fray Bartolomé de las Casas, por lo que su espantoso final fue una temible advertencia para aquellos que pretendía convertirse en abogados de negros e indios ante la durísima política de la Corte española.

En esta misma época fue procesado por el Santo Oficio fray Francisco del Rosario Paguague guardián del convento de San Diego en Quito, este religioso fue detenido en el mercado cuando comercializada una extraña hierba llamada “espuela de caballero”.

El sacerdote fue encontrado por las pesquisas de la inquisición cuando    convencía  a su clientela masculina del poder de su hierba, vegetal con el cual según Paguague no existía hombre que se resista a “atender sexualmente a otro hombre”. Por la poca importancia del procesado el Santo Oficio le impuso la penitencia de quemar sus hierbas y rezar todos los sábados el rosario..

En las postrimerías del siglo XVI en un delito de sodomía fue sindicado el Dr. .Manuel Barros de San Millán, presidente de la Real Audiencia de Quito, y uno de los gestores de la defensa de los pueblos indígenas en América.

El conflicto empezó en 1590 cuando el párroco de Malambo un barrio marginal de la ciudad de Lima, denunció a su esclavo Andrés Cupi, por haber corrompido con el pecado nefando a otros esclavos de la parroquia, apenas fue depositado el acusado en las cárceles, empezaron a quejarse los reclusos de la prisión porque todas las mañanas amanecían con “el trasero baborreado y amortiguado”. Una vez iniciadas las averiguaciones, un testigo narró que :”estando este testigo en el calabozo durmiendo con los demás negros... se acercó a él un negro que le dicen Andrés Cupi, le metió una pierna entre las piernas... y le empezó alzar la camisa y  quererle volver boca abajo.. y juntamente con esto le llegó con la mano a la boca, no sabe si fue para besarse o para taparle la boca... Al querer volverle a poner boca a bajo... le mordisqueó las tetillas y le metió el dedo en el culo” y entonces este testigo desbocado de excitación agarró a Andrés por las muñecas y son su gigantesco miembro viril a punto de explorar lo penetró por atrás”.

Y es así como Andrés llegó a tener relaciones sexuales con varios presos, con estos testimonios quedó claro para las autoridades que el negro era culpable de sodomía, y que aprovecho su estancia en la  cárcel de la Audiencia de Lima para enamorar hombres, y por ello condenaron al culpable a la pena de garrote vil.  Sin embargo los jueces no contaron con la verbosidad del reo quien se defendió vigorosamente denunciando a algunos personajes que habían compartido con él los placeres amatorios, pues el negro había conocido íntimamente a: “el obispo de Huamanga, al presidente de la Real Audiencia de Quito, Dr. Manuel Barros de San Millán, a un oidor de Charcas, al prior del convento de los dominicos del Cuzco, al Capitán de Lanzas y Arcabuces del Virrey, al corregidor de la Villa de Potosí, a tres frailes cuyos nombres no recuerda, a varias encomenderos y gentiles hombres al servicio de Su Majestad, a  cientos de hermosos, rollizos  y rubios jovencitos miembros de las familias más nobles y al mismísimo párroco de Malambo”.

Finalmente la Audiencia de Lima al ver que en el juicio estaban involucradas las más altas autoridades civiles, militares y eclesiásticas del virreinato decidieron suspender el litigio, en beneficio de la moral pública, y devolver al negro    Andrés a su celoso y desconsolado amante, el párroco de malambo.

En 1585 fue procesado por el tribunal de la Inquisición de México, don Pedro de Melgar quien fue acusado de “inducir a los indios a la sodomía”; la táctica de este personaje era espiar a los indios cuando estos se bañaban u orinaban, luego sigilosamente se les acercaba y dulcemente les tomaba del miembro viril para ávidamente bazuquearlo y en “aquel arrebato libidinoso a forma de susurro les decía que aquello no era pecado, pues él no conocía a nadie que no se encantara dicho asunto”.

Con estas pruebas la pena que le esperaba a don Pedro de Melgar eran  morir quemado vivo, morir destrozado por garrotes o  remar en galeras de por vida.

En 1624 en el tribunal del Santo Oficio de Cartagena de Indias fue condenado por “nefandísima maldad” Francisco de Luca, este reo durante la indagación fue  brutalmente golpeado por los hermanitos de la orden dominica y su débil humanidad no soportó tales tormentos,  falleciendo en la cárcel antes de recibir la sentencia del juez del Santo tribunal, ante este percance la inquisición hizo pasear por las calles de la ciudad una estatua del difunto para que la población pudiera vejarla y degradarla.

En 1631 en la ciudad de Panamá se tramitó la causa del licenciado Juan Bautista Ortegón , el caballero fue acusado de “amancebamientos y sodomías” por todo el mundo desde Nápoles hasta América. Cuando empezaron las confesiones del recluso las exclamaciones de asombro, envidias disimuladas, sudoraciones y tartamudeos de los miembros del Santo Tribunal cundieron por todo    el juzgado.

El licenciado Ortega comentó  sin tapujos que le era difícil precisar si “el sexo era más rico por delante o por atrás, puesto que a él le gustaba por ambos lados... que no existía órgano más erógeno que el ano... que el podía complacer a los hombres súper aventajados porque sabía lo que a ellos les gustaba... y que con el culo le tapaba la boca a cualquier cabrón” .

Este juicio duró varios años y por esto el secretario del tribunal de Cartagena comentaba tristemente que al reo “se le ha permitido contar por menores del discurso de su vida, que resulta a veces llena de torpezas tan asquerosas que la pluma se resiste a entrar en ese terreno”.

Transcurridos más de cinco años de juicio en el que Ortega permaneció en las cárceles de la Inquisición, cierta noche el prisionero recibió la visita privada y en su celda del inquisidor Veles y Argos, luego de esto y a pesar del escándalo general    el juicio falló a su favor. Por esto razón Ortega salió de la cárcel inquisitorial campante y muy resuelto   retornó a sus andanzas.

Por los múltiples roles que Juan Bautista Ortegón podía desempeñar durante el coito homosexual  se lo llamó:    “hijo del diablo por los cuatro costados”.

En 1736 fue procesado por el tribunal limeño Bernabé Morillo y Otarola natural de Callao de cuarenta años de edad y de profesión grumete, este penitenciado dio a conocer los actos de exhibicionismo que se daba dentro del ejercito, la  masturbación colectiva que la soldadesca realizaba  y la exagerada consideración que  se daba a los militares en función del tamaño de su pene. En diciembre de 1736 el recluso fue condenado a cárcel perpetua por actos indecentes, a ser paseado desnudo por las calles de Lima y a recibir doscientos azotes.

Las narraciones contenidas en los juicios de este tipo, son una aproximación al ambiente de la sociedad colonial, muy formal y recatada externamente, pero internamente hirviendo entre lujurias y fantasías homosexuales.

Existen también varios informes oficiales que permiten conocer como se realizaba la vida homosexual durante la colonia, así como cuales eran los sitios de ligue preferidos por los gays.

El Conde de Villar informó a la Corona española con todo lujo de detalles sobre las costumbres de los reinos del Perú, en su relación indicó que  muchos sacerdotes, confesores , clérigos y religiosos con grave escándalo del pueblo cristiano, “se atreven a solicitar a los varones en el acto de confesión favores sexuales, induciéndolos y provocándolos con palabras y obras para actos torpes y deshonestas entre sí mismos o para que lo hagan con terceros”.  El Conde también narra como algunos clérigos  salen de los conventos para en “pláticas indecentes y réprobas conseguir hombres para sus deleites o para el deleite de  otros y luego de mantener actos sodomíticos prohíben a las personas con quienes los comentes que se confiesen con otros confesores”. La relación del Conde de Villar es reafirmado por Jorge Juan y Antonio de Ulloa quienes llenos de escándalo    califican a los conventos de Quito como “públicos burdeles, teatro de abominaciones y execrables vicios”.

Por estos testimonios es evidente que los escenarios dela vida homosexual conciente fueron  los conventos y  los escenarios de la vida gay inconsciente fue los ejércitos.

Analizando los procesos inquisitoriales se puede descubrir que de entre los miembros del clero, solamente fueron procesados por sodomía aquellos sujetos que no tuvieron ningún cuidado en disimular su conducta y más bien alardearon públicamente sus hazañas.

A pesar de existir mucha documentación en España sobre juicios planteados por pecado nefando, la mayoría de historiadores han evitado estudiar los procesos, para no verse involucrados con el tratamiento del tema gay y la represión antihomosexual.

Dos hechos históricos  impiden en la actualidad estudiar en América los procesos inquisitoriales, el primero se dio en la guerra del Pacífico durante el desembarco de las tropas chilenas en Lima, al tomar la ciudad, los soldados ocupantes quemaron la ciudadela de Miraflores y con ello los archivos inquisitoriales que se guardaban en esta capital virreinal. Por otra parte muchos investigadores de  sucesos anecdóticos en la historia del Ecuador aseguran,  que los documentos inquisitoriales que reposaban en el convento de Santo Domingo en Quito fueron quemados deliberadamente por sus custodios en la hacienda de San Agustín del Callo, cuando  Eloy Alfaro ingresó victorioso a la ciudad de Quito durante la revolución liberal.

Con la Abolición definitiva del tribunal del Santo Oficio en 1820 se cierra uno de los capítulos más incomprensibles y vergonzosos de la historia de la humanidad, en el cual el poder real y el clero sustentados en una ideología excluyente y represiva fueron responsables directos de actos de lesa humanidad.

Fuentes Primarias

Archivo General de Indias de Sevilla, Sección Escribanía de Cámara, legajo 499/B

Archivo Histórico Nacional de Madrid, Sección Inquisición legajo 1647/1
Jorge Juan y Antonio de Ulloa, Noticias, Secretas de América
Colección Vacas Galindo 1565-1569, Cartas de Monseñor Pedro de la Peña y Montenegro al Inquisidor General

Fuentes Secundarias
Iwasaki Cauti Fernando, Inquisiciones Peruanas
Medina José Toribio, La Inquisición en el Río de la Plata
Medina José Toribio, La Inquisición en México.
Medina José Toribio, Historia del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición de Lima
Palma Ricardo, Anales de la Inquisición Limeña.

Eduardo Ramón L.©


domingo, 31 de marzo de 2024

LA IGLESIA MONÁRQUICA: MONOPOLIO, ESCLAVITUD Y EXPLOTACIÓN.

                                              


La iglesia se hallaba bajo el “Real Patronato” del monarca español y servía consecuentemente a la corona, a las administraciones locales y a los fines coloniales. Fue, durante siglos, el poder ideológico que permitió la explotación de las colonias por parte de los españoles y fue, al  mismo tiempo, una de las más grandes explotadoras de la fuerza de trabajo indígena y esclava, puesto que llegó a ser uno de los más poderosos terratenientes de América.

La Iglesia Católica, como institución, estuvo siempre al servicio de la política y del Estado colonial. William Foster señala que: “La Iglesia, naturalmente apoyaba y aplicaba todas las formas de servidumbre económica y política a la que fueron sometidos los trabajadores durante el período colonial, es decir: el peonaje de los indios, la total esclavitud de los negros y la esclavitud encubierta de los mestizos y blancos asalariados. Bajo ninguna circunstancia puede afirmarse que la iglesia haya sido una fuerza favorable a la abolición de la esclavitud y de la explotación en ningún lugar, ni en ningún momento, a lo largo del período en América. Ubicada en la finca del terrateniente, la Iglesia estaba tan vinculada al aparato de explotación de éste como la quinta al barracón de los esclavos.”
Que la Iglesia como institución no estuvo jamás contra la esclavitud, nos lo demuestra de manera fehaciente el hecho de que las comunidades eclesiales fueron las mayores esclavistas. Sirva como ejemplo de ello el caso de los jesuitas, quienes poseyeron en el Valle del Chota el más grande reducto esclavista de la Audiencia de Quito. Entre su haciendas del distrito de Ibarra, que eran verdaderos criaderos de esclavos negros, estaban de “Cuajara”, con 540 esclavos; la de “Santiago,” con 250; y la de Pimampiro, en la que había 122. También tenían propiedades similares en el distrito de Otavalo: “Concepción”, con 760 esclavos; “Chamanal”, con 300, y “Tumbaviro” con más de 100.



Los jesuitas, desde luego, la comunicad más rica de la Audiencia, no solo por su gran número de haciendas, regadas a lo largo de todo el país, sino porque poseían tierras de gran productividad, tales como las del Chota y el Pedregal, donde los jesuitas tenían más de 10.000 reses, además de las plantaciones de caña y tabaco y la industria del aguardiente. En un informe elevado a la Corona por el Virrey Amat, éste “se quejaba de los millares de botijas de aguardiente marcados con el sacrosanto nombre de Jesús y cuya venta era dirigida por los padres de la Compañía”.


Todas las propiedades de la Compañía de Jesús, con esclavos incluidos, pasaron a manos de Junta de Temporalidades, cuando la orden fue expulsada de América, en tiempos de Carlos III. Dicha Junta sacó a remate todas aquellas propiedades, que de éste modo quedaron en manos de las más poderosas y prestigiosas familias terratenientes de la Audiencia de Quito; hecho que ha sido calificado por el historiador Jorge Núñez como “la primera privatización de bienes públicos de la historia ecuatoriana”.

Pecaríamos de parciales si no reconociésemos que hubo voces religiosas que se levantaron a favor de indio o del negro, tales como las del padre Fray Bartolomé de las Casas o San Pedro Claver, pero no es menos cierto que esas voces fueron muy pocas y que, en todo caso, no representaban a la institución eclesiástica sino de sus dueños actuaron más bien a despecho de ésta. De todas las quejas y denuncias del padre Las Casas influyeron notablemente en la política de los reyes, quienes acogieron muchas  de sus recomendaciones y dictaron las famosas “Leyes Nuevas”, que pretendían proteger a los naturales americanos de la usurpación, maltrato y abusos de los españoles, sin lograrlo del todo.

El ascendiente moral que tenían los clérigos sobre las mujeres era uno de los métodos utilizados para conseguir de ellas permanentes “donativos piadosos”. Sirva como ejemplo la primera donación que los jesuitas consiguieron en Quito, hecha por Doña Clara de Bonilla, rica encomendera, la cual entrego a la orden 8.699 pesos en 1632. A mediados del siglo XVIII, el sacerdote jesuita Mario Cicala observa con mucho interés cómo las mujeres de la Audiencia de Quito eran espléndidas en sus donaciones y limosnas a la iglesia.

A lo largo de los tres siglos de vida colonial, muchas donaciones de este tipo fueron hechas a la Iglesia, en el momento previo a la muerte, por personas aristocráticas y adineradas de ambos sexos, las que eran manipuladas sicológicamente por los sacerdotes que los ayudaban a “bien morir”, quienes les ofrecían un lugar en el paraíso a cambio de la suculenta partida para la Iglesia y, más concretamente , para la orden a la que pertenecía dicho cura. Ello se convirtió en un mecanismo usado habitualmente por la Iglesia y las comunidades religiosas para acumular enormes cantidades de “bienes de manos muertas”, lo que finalmente convirtió a la Iglesia en el primer y más poderoso propietario terrateniente del país.

Un acervo crítico de la Iglesia en tierras americanas, quien vivió a principios del siglo XVIII en Quito y Guayaquil, el viajero Francisco Coreal, describe la inmensa avaricia de los funcionarios y comerciantes españoles, pero en especial de los eclesiásticos, de quienes afirma; “Las ocupaciones de los curas, consisten en jugar a los naipes, tomar chocolate y visitar su diócesis, no para instrucción de las almas sino para arrebatar alguna cosa a  los pobres indios, además de los diezmos y primicias.
Refirió, además, que las víctimas de los curas no eran solamente los indios, pues que también a los criollos los extorsionaban en el momento de la muerte. Cuando un criollo moría debía dejar en su testamento, antes que nada, una cantidad dedicada a las misas necesarias para el reposo de su alma. Desde luego, esta aseveración se puede comprobar fácilmente si se revisan los testamentos de la época y se encuentran además de los donativos por concepto de misas por el alma del difunto, otros a las ánimas del purgatorio, a diferentes advocaciones de la virgen, a las misiones, a la “Casa Santa de Jerusalén”, para las iglesias o capillas, para “el Santísimo Sacramento de la Iglesia de ermita de Nuestra Señora de la Merced”, “ para la beatificación de la Sierva de Dios Mariana de Jesús”. Desde luego, todas estas aportaciones iban a parar al mismo saco; el de la Iglesia. Por eso Coreal dirá que la principal heredera de los criollos era su alma y que “los curas y los conventos se reparten sus bienes juntamente con el alma del difunto.”

Por todas estas observaciones, que Francisco Coreal se permitió hacer inclusive públicamente, la Inquisición empezó a perseguirlo a través de sus diferentes comisarios, calificadores y familiares, razón que lo obligó a huir, disfrazado, en un convoy que viajaba hacia Panamá con mercaderías. Una vez Instalado en Inglaterra, este libre pensador escribió sus memorias, a fines del Siglo XVIII.

Jenny Londoño Lopez
Historiadora Ecuatoriana

martes, 19 de marzo de 2024

EL PAPA FRANCISCO, LA HOMOSEXUALIDAD Y LA HIPOCRESÍA DE LA IGLESIA

                                           

El papa ha intentado suavizar la postura de la Iglesia hacia la homosexualidad, aun a costa de contradicciones, empezando porque el Vaticano es una organización con una doble moral. Pero a menos que la Iglesia no haga un examen de la homosexualidad en su interior y del dolor al que ha condenado a los homosexuales que nacieron católicos, las declaraciones del sumo pontífice no pasarán de un escándalo suscitado por el documental de moda.

Crecí en una familia católica y me eduqué en escuelas católicas. Comparto con muchos homosexuales latinoamericanos o de países católicos la confusión inicial de salir del clóset, que significa un tortuoso proceso de desmontar un cuerpo de creencias y valores para adoptar otros, y entender que familia y religión, como yo las conocía, quedaban vetados.

Cuando a los 18 años asumí que era gay, me pareció que lo más honesto sería llevar el tema al confesionario. También quería tenderle un puente a mis padres, quienes estaban terriblemente angustiados y, como yo, no tenían ningún asidero. Me metí a un retiro espiritual que duró un fin de semana, y, casi al final del mismo, me confesé con un padre en busca de consejo y alivio. El sacerdote me dio dos opciones. O me arrepentía y renunciaba a una vida sexual, o me condenaba al infierno. No solo me estaba empujando a una vida clandestina, sino que también me escatimaba la posibilidad de trascendencia si aceptaba mi homosexualidad. No había cabida para mí en la Iglesia.

Visto de otra manera, las opciones eran: llevar una vida infeliz sin sexo en espera del Cielo o apostar por una vida plena en la Tierra pero sin religión.

También, por estar inmerso en una cultura católica, uno se da cuenta del doble rasero de la Iglesia con respecto a la homosexualidad. El director del bachillerato donde yo estudiaba, una escuela únicamente para varones, mandaba llamar a los alumnos por altavoz para que fueran a su oficina. Allí les preguntaba sobre sus experiencias sexuales, no en el ámbito de la confesión, tampoco en el del consejo experto, sino en el de una extraña atmósfera enrarecida. Solo Dios sabe qué satisfacciones obtenía con esos relatos.

Todavía experimento confusión con respecto a ese y otros comportamientos del colegio del que todos participaban pero nadie hablaba. Sin embargo, para los estándares de la Iglesia católica, esas entrevistas son lo de menos. Mi escuela estaba muy lejos de los escándalos sexuales de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, una penosa congregación que dio el catolicismo mexicano al mundo. El comportamiento criminal de Maciel fue largamente ocultado por el Vaticano y acallado por las clases altas de España y varios países latinoamericanos.

El año pasado, el sociólogo francés Frédéric Martel publicó Sodoma, un exhaustivo trabajo de investigación sobre la homosexualidad dentro del Vaticano. Martel apunta hacia un gran fraude. Dice que durante los últimos papados, cuando se promovió la idea de que el sida era un castigo divino, condenaban la distribución de condones o señalaban que la teoría de género era una abominación, la vida sexual en el Vaticano era incontrovertiblemente homosexual y las estrategias para mantenerla en secreto solo se pueden comparar a las de la mafia italiana. En medio se describen fiestas, drogas, relaciones con prostitutos y nombres secretos en femenino.

 

En este contexto, Francisco sería un liberal que nada en aguas estancadas de un sacerdocio en crisis por años de negación y silencio. No es difícil apreciar su intento por tener un acercamiento menos hostil a la comunidad LGBT, pero se necesitan acciones concretas para acabar con la hipocresía de la Iglesia y para restaurar el daño que sus enseñanzas causan a los homosexuales, especialmente a los que nacimos católicos y a quienes nos señala como el monstruo en el cuarto.

En primer lugar, la Iglesia debería mostrar más compasión por los sacerdotes homosexuales. Un interesante estudio sobre el estado del sacerdocio en Estados Unidos (The Changing Face of the Priesthood), conducido por el padre Donald B. Cozzens y publicado en 2000, calcula que el número de sacerdotes homosexuales en este país oscila entre el 23 y el 58 por ciento, con los más altos porcentajes entre los sacerdotes más jóvenes. ¿Qué le dice a la Iglesia esa cifra dada por uno de sus propios miembros? ¿Cómo debe reaccionar ante la orientación sexual de sus sacerdotes? ¿Cómo se supone que un sacerdote condenado por sus preferencias pueda al mismo tiempo llevar a cabo su ministerio?

En segundo, la Iglesia debería de abandonar desde ya la postura de que la orientación homosexual es un desorden y promover que la gente sea capaz de aceptar su sexualidad como un aspecto positivo de su personalidad.

No es fácil ser optimista sobre estos cambios. Es probable que tarden mucho en llegar mientras la crisis dentro de la iglesia se profundiza y el mundo sigue caminando hacia un mayor ateísmo y secularización. Sin embargo, si la Iglesia quiere sobrevivir debe actualizarse y abrirse a quienes aceptan sus enseñanzas y actúan de buena voluntad. No le queda mucho tiempo para hacerlo.

Por Guillermo Osorno
Periodista, editor y promotor cultural.

FUENTE: https://www.nytimes.com/es/2020/10/31/espanol/papa-homosexualidad-iglesia.html

 

lunes, 18 de marzo de 2024

LA PERVERSION DE LA SEXUALIDAD Y LA SENSUALIDAD POR PARTE DE LA IGLESIA CATÓLICA EN ECUADOR


La Iglesia colonial mantenía un estricto control sobre la vida de sus feligreses, sobre su sexualidad y hasta sobre sus pensamientos. Prácticamente no existía la vida privada como derecho de las personas, porque la Iglesia, a través de la confesión, descubría hasta sus secretos más íntimos. De otro lado, siendo no muy grandes las ciudades de Quito y Guayaquil, y muy pequeños el resto de los pueblos, todos se conocía, todos sabían las historias de todos y todo se contaba a voz en cuello, los esclavos e indios informaban a lo que veían o escuchaban a sus amos y a los sacerdotes y éstos, a su vez, daban cuenta de todo lo que pasaba a sus alrededor a las autoridades eclesiásticas y civiles. Dichas autoridades regulaban la movilización de las personas, con lo cual ejercían una forma de control general y centralizada.

Ese ambiente de control y represión en fue similar en Quito y en Lima: “Por los testimonios de los testigos (en las visitas que las autoridades realizaban periódicamente a los barrios) se nota que la vida privada era una esfera sumamente permeable, ya la vida cotidiana suponía una cercanía muy marcada entre las personas. Esto facilitaba a las autoridades los accesos a la intimidad de los personajes en cuestión.

Para la gente de la ciudad que una mujer entrara a “deshoras” en casa de un hombre solo y viceversa, que alguno de los implicados visitara con regularidad el lugar de residencia del otro, “que comieran y bebieran juntos en una misma mesa” evidenciaba la existencia de relaciones sexuales ilícitas” ( *Maria Emma Manarelli).

Contribuía efectivamente al control ideológico de la población quiteña la existencia de gran cantidad de conventos , poblados por infinidad de frailes. En 1656, el obispo Montenegro enumeraba alguno de los conventos existentes: en Ibarra, que no tenía más de setenta vecinos, había cuatro conventos; Latacunga, que solo era asiento y no llevaba a villa y tenia cuatro; Riobamba, villa de noventa vecinos, tenía cuatro conventos de frailes, uno de monjas y dos curas. En Loja había un o y en Cuenca dos.

De otro lado, era la Iglesia la que controlaba y registraba los actos civiles de las personas, desde su nacimiento y hasta su muerte; autorizaba y realizaba los matrimonios; inscribía los nacimientos, fuesen legítimos o ilegítimos; entendía y

Decidía en los juicios de divorcio o nulidad del matrimonio, en las demandas por amancebamiento; imponía castigos o daba la absolución de los pecados en el confesionario; y escuchaba los más ocultos secretos en el momento de la muerte. Tenía, por tanto, un control rígido y especifico sobre todas las personas de su jurisdicción, en especial de las mujeres, las cuales, frente a las dificultades de su vida cotidiana o ante la presencia de problemas sicológicos, recurrían a la ayuda y consejo espiritual de los sacerdotes. De este modo, los religiosos regían por entero la vida de la comunidad a través de la manipulación de las mujeres, lo cual adicionalmente les permitía obtener también réditos sexuales s y económicos.

 Uno de los ámbitos particularmente vigilados y controlados por la Iglesia era del arte y la cultura. Según la concepción eclesiástica, la única finalidad de la creación intelectual y artística debía ser el culto a Dios, a la corte celestial a los valores y símbolos religiosos, como lo prueba hasta la saciedad todo el arte de la llamada “Escuela Quiteña”, hermosa pero poco original recreación de las imágenes y temas de la pintura y escultura religiosas de España. En casi todas las expresiones de la iconografía e imaginería religiosa, las mujeres aparecen en tanto que representaciones de la virgen, de las santas o beatas de la iglesia o de humildes pastorcitos en actitud de oración.

A partir de esta estrecha conceptualización del arte, quedaban de hecho condenadas como heréticas o pecaminosas todas las demás manifestaciones del arte, inclusive las pinturas y esculturas que no respondieran al ideal religioso. Así lo prueban con abundancia de ejemplos, las célebres ordenanzas del virrey Toledo, que prohibían y calificaban de idolátricos todos los cantos y bailes de los indios, y el mismo sentido tuvieron una infinidad de decretos canónicos y pastorales eclesiásticas que condenaron, a lo largo de la vida colonial, las expresiones artísticas no religiosas, tales como la pintura y escultura profanas, la danza, el canto y baile colectivo, tanto de blanco como de mestizos y negros e indios. Un ejemplo relevante de esa satanización del arte no religioso lo tenemos en el famoso cuatro titulado “El Infierno”, del Padre Hernando de la Cruz, que se conserva en la iglesia de la Compañía de Jesús, de Quito, en el cual aparecen, entre los condenados por la ira divina, unas gentes en mallas de ballet,

Identificadas con el título de “bailarines deshonestos”.

Jenny Londoño López
Historiadora Ecuatoriana.


sábado, 20 de febrero de 2010

LA VERDAD SALIO A LA LUZ. EL CLERO CATÒLICO, LA ORGANIZACIÒN MÀS SEXUALMENTE DEPREDADORA DEL MUNDO.



De pronto todo salió a la luz. Lo que nunca se dijo apareció en todos los medios de información. Los problemas graves que tiene la Iglesia Católica alemana con el comportamiento sexual de sus sacerdotes y frailes. Ha sido el tema de tapa de los principales medios de comunicación, día tras día. El Die Zeit y el Spiegel –los dos semanarios de información más leídos en Alemania– le dedicaron al tema el estudio central de esta semana. El primero titula en la tapa: “El peligro satánico”, y el subtítulo es: “¿Por qué los hombres de la Iglesia se convierten en culpables?”. Y en la bajada se señala: “Desde que fueron denunciados los casos de abuso sexual cometidos por sacerdotes católicos en el Colegio Canisius de Berlín, toda Alemania está preocupada: ¿Cómo se reconoce a los culpables? ¿Cómo se protege a los niños?”. 

Por su parte. Der Spiegel muestra en tapa a un sacerdote que lleva las manos en sus partes pudendas por encima de la sotana. El título de esa tapa es: “Los santos transparentes” , y como subtítulo: “La Iglesia Católica y el sexo”. Y el estudio del estado actual de la ética católica en colegios e instituciones lleva la frase: “Vergüenza y miedo. 

La Iglesia Católica ha sido estremecida por una serie de casos de abuso sexual. Y esto no solamente en las escuelas de jesuitas. Casi cien eclesiásticos en la denuncia de violaciones sexuales, en los últimos años. Luego de décadas de silencio, se ha quebrado ahora el muro del silencio”. 

 Todo se inció con la denuncia de lo ocurrido en el colegio Canisius de Berlín. Ese día, el 2 de febrero último, el diario Frankfurter Rundschau tituló: “Vergüenza enmudecida”, “Casos de abuso sexual en el Colegio Canisius de Berlín sacude a la Iglesia Católica. Más víctimas se presentan en otras escuelas”. Y ahí comenzó la discusión que va dejando en claro cómo las autoridades católicas han tratado de guardar silencio y esconder los graves hechos anteriores. Y eso que la misma Iglesia había sido sacudida por las denuncias de los abusos cometidos por sacerdotes y frailes en Irlanda, en Canadá, en Australia y en Estados Unidos. 

En Irlanda se conoció en 2009 el Informe Ryan, que descubre y denuncia el abuso sexual masivo, sufrido desde 1930 por niños irlandeses internados en escuelas católicas. Miles de víctimas recibieron una indemnización de por lo menos 1,3 mil millón de euros. La Iglesia Católica irlandesa se mostró dispuesta a pagar una cuarta parte de esa suma y el resto fue puesto por el gobierno irlandés. Medio año después, dos obispos de Dublín renuncian a sus cargos. Lo mismo hacen varios diáconos y sacerdotes luego de que una investigación demostrara que hubo más de 300 casos de abuso sexual contra niños. 

 Con respecto a Canadá, en 2008 la Iglesia Católica reconoce que el sacerdote Charles Sylvestre violó a 47 adolescentes, según su propia confesión pública. El papa Ratzinger se disculpa ante los pueblos originarios, ya que las niñas pertenecían a una escuela de esa religión para “reeducación” de los descendientes de antiguos habitantes. El gobierno canadiense paga 2000 millones de dólares a las víctimas y la Iglesia Católica participa con 79 millones. En Australia, en 2008 se publica la investigación Mullighan, donde se denuncia el abuso sexual de centenares de menores de edad por parte de sacerdotes católicos. Fueron condenados 107 curas. Se cree que las cifras de las víctimas ascienden a miles. La Iglesia Católica se disculpó por los hechos. 

Ya en 2004, en Estados Unidos, fueron acusados 4400 sacerdotes por abuso sexual, número que en 2005 ascendió a 5000. La Iglesia Católica pagó, a raíz de esto, dos mil millones de dólares a las víctimas. El obispado de Los Angeles lo hizo por 600 millones de dólares. Todos estos hechos vergonzosos provocaron la renuncia del obispo de Boston, cardenal Bernard Law, acusado de proteger a los curas causantes de las violaciones. 

Sebastian Gehrmann, un sociólogo que estudia el problema, señala que esto ha provocado la bancarrota de varias diócesis de Estados Unidos, especialmente de la de Boston.
Y que en 23 países existen denuncias de agresiones de clérigos hacia monjas, de niños sordomudos en Italia, menores de edad en Austria y niños en Polonia. Y agrega que la lista desgraciadamente es mucho más larga. 

 Luego de la denuncia ocurrida por los sucesos en el colegio Canisius, se originó en Alemania una ola de denuncias de ex alumnos de escuelas religiosas. Por las mismas, se hallan acusados de abuso de niños y adolescentes por lo menos 94 sacerdotes y laicos católicos. Tanto es así que se tiene en Alemania el temor de que se produzca un verdadero terremoto de denuncias, como ocurrió en Estados Unidos e Irlanda. El Spiegel se pregunta: “En esos dos países salieron a la luz diez mil casos de abusos sexuales. ¿Alemania alcanzará también esas cifras?”. En el Die Zeit, los autores del estudio señalan: “En enero de 2002 fue acusado el cura John Geoghan en Boston de haber abusado sexualmente de 130 niños durante sus treinta años de sacerdote. Pero no fueron los hechos que llevaron a la condena de ese cura a diez años de prisión los que levantaron la furia de la población contra la Iglesia Católica, sino que la jerarquía eclesiástica supiese muy bien de las fechorías del cura Geoghan pero, en vez de separar al cura de la comunidad, pagase a las familias cuyos niños habían sido abusados por él sumas importantes de dinero para que guardaran silencio, y trasladaran al autor de esos hechos criminales a otras comunidades católicas sin advertirles a éstas quién era el sacerdote que llegaba”. 

Una especie de método para “no levantar la perdiz”. Fue así que durante esos años, 4392 sacerdotes norteamericanos cometieron delitos por abuso de menores. Pero la Iglesia Católica norteamericana siguió con su táctica de pagar dinero a las víctimas y trasladar a los curas en vez de buscar soluciones por medio del estudio profundo del origen de esos delitos. En las investigaciones que mencionamos se llega a la conlusión de que no hay acción más pérfida que la violación o el abuso sexual de menores.

Y que todo esto no se soluciona con la condena de los autores de tales violaciones ni con el pago de indemnizaciones a las víctimas. Se anuncia que a partir del 22 de este mes la Conferencia de Obispos Católicos Alemanes se dedicará al tema de violaciones y abusos. Evidentemente se tendrá que ir al fondo de la cuestión. Y en eso está en claro que, quiérase o no, deberá comenzar el debate acerca del voto de castidad de los sacerdotes. Alemania misma tiene el ejemplo: los pastores de la Iglesia Evangélica luterana pueden casarse y tener hijos. Los sacerdotes católicos, no, deben ser “castos” desde que nacen hasta que mueren. Veamos pues entonces las estadísticas, comparemos. 

Los cristianos de la línea luterana no tienen ni por asomo los delitos que ensombrecen a la Iglesia Católica. En primer lugar, las jerarquías católicas deberían recurrir a la experiencia del ser humano y a la ciencia. Hacer cursos con psicólogos, con médicos, sí, hasta con poetas, acerca de palabras como amor, cuerpo humano, hijos. Y de allí, al estudio de todos los complejos y hasta enfermedades mentales que se originan con las prohibiciones, llamados “pecados” por el catolicismo. 

Preguntarse desde cuándo y quién impuso lo de la llamada “castidad” y aquello de que sólo el hombre, como sacerdote, puede ser representante de Dios en la Tierra. No es así. La mujer es parte de la vida, fundamental, y no sólo está para rezar del lado de enfrente del altar sino para actuar y acompañar. 

La Iglesia Católica –ya desde antes de la elección del alemán Ratzinger, como Papa– está en declinación. Se nota en el reducidísimo número de aspirantes a sacerdotes que se presentan por año y en el número de iglesias que van cerrando en sus ciudades, por falta de fieles y de sacerdotes. Pasan a ser museos, salones de exposiciones, restaurantes y hasta salones de baile. Creemos que les ha llegado el momento, a quienes manejan esa inmensa corporación mundial religiosa, de pensar otras metas. 

No prometer paraísos en otras vidas sino llevar la verdadera religión de la bondad y la justicia aquí, en la Tierra. Seguir el camino de esos obispos Angelelli y De Nevares, a quienes conocí a fondo, y eran pura sinceridad y llevaban la palabra solidaridad en los labios y la cumplían todos los días a toda hora, igual que aquellos padres palotinos, aquel padre Mugica, y ese padre Antonio Puigjané, a quien visité tantas veces en la cárcel injusta, pero que siempre salía para extender la mano y marcar el surco. Se hace necesaria una organización verdaderamente cristiana que ayude con la varita mágica de los comedores infantiles, con la creación de fuentes de trabajo, de procurar un techo digno para todas las familias. Juntar lo bueno del cristianismo con lo bueno del socialismo. 

No hay mejor paraíso que el que se puede crear en la propia Tierra y no dejarse llevar por fantasías que han ayudado a mantenerse en el poder a un sistema injusto, apoyado por las armas, las guerras y la explotación del hombre por el hombre. Y no continuar con todos esos pavos reales disfrazados que fueron a saludar a dictadores y dieron misas a los desaparecedores. Esperemos que en los próximos concilios comience a debatirse en serio el verdadero rol de la Iglesia en la sociedad. Jesús actuó aquí, en la Tierra, e hizo saber sus enseñanzas a sus discípulos. 

Y por eso perdió la vida como tantos que siguieron sus verdaderas huellas por la verdadera paz eterna. Aquella que busca hacer desaparecer las violencias de una sociedad, siempre originadas en las injusticias sociales. 

 Por Osvaldo Bayer