sábado, 9 de octubre de 2010

LA HOMOSEXUALIDAD A TRAVES DE LA HISTORIA ANTIGAU



A la par de los movimientos feministas, se desarrollaron durante el s.XX movimientos reivindicativos de otros grupos marginados, que miraban a la sociedad como el resultado de una construcción histórica y no como una verdad revelada y natural que siempre había sido igual y lo seguiría siendo, negando de este modo la cualidad intrínseca del ser humano: su ser histórico.


Los grupos marginados por el sistema patriarcal imperante los últimos 2000 años, comenzaron una campaña sistemática para salir de la invisibilidad: las feministas, los gays, las lesbianas, y otros empezaron a reclamar por su lugar en la sociedad y en la historia.

Nuestra sociedad es discriminatoria, aceptémoslo. Discriminamos y lo hacemos en todo momento y en todos los campos. La ropa, la forma de vivir, las costumbres, nos separan en subgrupos que se miran unos a otros con desconfianza.

La inseguridad reinante profundiza nuestros miedos, pero también nuestras actitudes discriminatorias. Inseguridad que es fruto de la marginalidad y de una sociedad que ha dejado de lado a casi la mitad de su población: sin educación, sin trabajo, sin oportunidades. El trabajo en negro, donde los indocumentados se transforman en esclavos modernos del sistema que construyó el capitalismo salvaje, el robo, que es calificado por sus ejecutores como “hoy me toca trabajar”, la venta de droga, suelen ser los recursos más comunes, o la elección conciente o posible y agresiva, para poder seguir viviendo…el tiempo que les quede, que saben no es el mismo que tiene el resto de la sociedad. La certeza de que la vida no vale nada, es también la certeza de que la propia vida no vale nada para la sociedad en la que les ha tocado vivir. Los niños de las favelas de Brasil, saben que con suerte llegarán a los 14 años de vida… En toda Latinoamérica encontramos el mismo esquema. Niños viejos que viven en la calle y sobreviven como pueden, tal vez de la única forma que saben hacerlo. Desempleados, ancianos postergados y dejados de lado. Ese es el panorama social que hemos construido. Una sociedad para pocos, muy pocos.

En esto contradecimos profundamente a pesar de definirnos como sociedad judeocristiana, las propuestas de los textos sagrados de occidente: podemos recordar los profetas llamados “sociales”, por su tipo de predicación contra los ricos que acumulaban a costa de los pobres, o en lo que llamamos Nuevo Testamento, a Jesús mismo, que se dirigió a todo el mundo, sin importarle sexo, etnia, ni posición social. Todos entrarán al Reino, es el mensaje: los israelitas, pero también los samaritanos, el recolector de impuestos, y el que los paga, los pescadores, los artesanos, los mendigos, las prostitutas, los ricos, los pobres, los maestros de la ley, y los que deben aprenderla, los ciegos y los que podían ver, todos eran invitados por el Maestro. No había mejores ni peores. Todos eran iguales para el nuevo orden que había que construir.

Acerca de otros comportamientos antiguos, como el de griegos y romanos podemos encontrar también criterios discriminatorios a la hora de definir a los “iguales”: ser varón, nacido en la ciudad, y con cierto patrimonio era necesario para pertenecer al demos. Ser romano, varón, y pertenecer a alguna de las familias patricias de las que se podían rastrear sus orígenes, era necesario en el Imperio. Sus criterios de igualdad pasaban por el lugar de nacimiento y por el carácter de su patrimonio (es decir, etnia y riqueza), pero, y he aquí la diferencia, no por su elección sexual.

LA HOMOSEXUALIDAD COMO TEMA PROHIBIDO




a) El planteamiento genético

Antes de contar cómo era la moral de nuestros ancestros griegos, romanos y cristianos de los primeros siglos, permítaseme un paréntesis sobre la explicación genética de la homosexualidad. No hay resultados concluyentes al respecto. Sí, muchos estudios y muy serios que han tratado de ubicar genéticamente la explicación de una sexualidad no heterosexual…pero nada lo ha comprobado fehacientemente. Así que este camino, que tapa un prejuicio bastante extendido: el de que la homosexualidad es en realidad una anomalía, genética o no, y que la heterosexualidad es lo “normal”, lo descartamos ante la falta de resultados que convenzan a los mismos científicos que plantearon con seriedad la posibilidad y optamos por el tratamiento histórico del tema.

Lo más que se ha llegado a afirmar con cierto grado de razonabilidad es que la homosexualidad se trata de un carácter de comportamiento, complejo y de manifestación cuantitativa, con una heredabilidad media-baja y con un importante componente ambiental. Lo que nos reconduce nuevamente a las explicaciones freudianas del caso, aunque no se abandonen las exploraciones genéticas.

b) Los planteamientos antiguos generales sobre la sexualidad

La homosexualidad en la antigüedad sería el tema especial de este apartado, tratando de entender cómo llegamos socialmente a esta construcción de género discriminatorio e invisibilizado por siglos. Las leyes están ahora a favor de terminar con esa discriminación. Y generalmente las leyes siguen a una conciencia social desarrollada en el mismo sentido…pero quedan rémoras, dogmas, restos de la “moral natural”, construida pacientemente a lo largo de 2000 años…

La homosexualidad tanto masculina como femenina estaba en la antigüedad bastante extendida y era considerada dentro de la normalidad de las relaciones entre seres humanos.

Famosas son las consideraciones del griego Jenofonte[1] sobre este tema y su admiración por los batallones de efebos que acompañaban a los guerreros en sociedades como la de Esparta, Tebas y otras. Llegando a afirmar con admiración que realmente este mecanismo incrementaba el rendimiento de los soldados, que unidos por una relación más fuerte que el mero compañerismo, se defendían unos a otros hasta la muerte si era preciso. La relación modélica y mitológica de esta situación, sería la de Aquiles y Patroclo, tal como Homero nos la cuenta en la Ilíada.

Curiosamente en la Biblia tenemos un paralelo, tan ambiguo es verdad como el de Aquiles recogido por Homero: la relación entre David y Jonathan, el hijo de Saúl. La endecha de David por Jonathan,[2] nos habla por lo menos de un amor muy profundo del uno por el otro, relación que recuerda fuertemente la de Aquiles y Patroclo.

Lo interesante es que por lo menos griegos y romanos, se concebían a sí mismos como bisexuales, sin problemas. Famosa es la proclama que precedía a la entrada de César a un pueblo o ciudad conquistada: “Padres, guardad a vuestras hijas, que ya viene el César”… mientras que cuando Julio César conquista Bitinia, sabemos que es conquistado amorosamente por su rey, incluso suponemos ejerciendo el rol pasivo en la relación, cosa no tan bien vista por romanos y griegos, ya que sus soldados lo llamaban “la reina de Bitinia”. Con todo debemos aclarar que no era lo mismo la situación entre los griegos que entre los romanos. Los romanos tuvieron que vencer prejuicios para adoptar “las costumbres griegas”, pero durante el Imperio ya eran ampliamente reconocidas.

c) El carácter de las relaciones homosexuales




Las relaciones homosexuales, sobre todo entre hombres no eran pues mal vistas, ni en Grecia ni en la Roma imperial, siempre y cuando se guardaran algunos recaudos que el buen gusto y la costumbre imponían: el rol pasivo no era tan bien visto como el activo, y generalmente era reservado a los jóvenes, iniciados así sexualmente, a los esclavos y por supuesto a las mujeres.

La forma más común de relaciones sexuales entre hombres en Grecia, era lo que nosotros llamamos pederastia (paiderastia, combinación de dos vocablos griegos: παιδ- raíz de παῖς, παιδός, 'niño' o 'muchacho' y ἐραστής. es decir erastēs, 'amante'). Literalmente, amar a un niño. La pederastia, tal como se entendía en la antigua Grecia, y en nuestras sociedades hasta el día de hoy, era una relación entre un hombre mayor y un niño o un joven adolescente. En Atenas el hombre mayor era llamado erastés (amante) y se encargaba de proteger, amar y dar ejemplo a su elegido. Era también el responsable de su educación. El joven era llamado erómeno (el amado) y su retribución como agradecimiento por lo recibido del amante, era su compromiso con la relación. Es decir, el don-contradon enunciado por Marcel Mauss para pueblos no europeos estudiados por la etnología, también regía las relaciones entre seres humanos en estas sociedades. Doy, pero recibo algo a cambio.

d) Las transgresiones.

También existía la transgresión a la regla, sobre todo en la Roma imperial. Famosas son las correrías de Nerón y sus amigos cuando era adolescente, en busca de jóvenes y prostitutas para mantener con ellos relaciones, muchas veces forzadas. Eso no sólo estaba permitido, era por lo menos esperado, como parte normal y necesaria de la iniciación del adolescente del patriciado que entraba en el mundo activo de su sexualidad. Era una especie de rito de pasaje para que el joven contara con la experiencia sexual necesaria para su vida adulta. Esclavos y prostitutas eran el blanco de estas correrías. No entraban en la categoría de seres humanos a los que respetar. Nos encontramos aquí no con una relación homosexual legalizada socialmente, sino tan solo permitida como mal necesario para que el adulto llegara a ser sexualmente normal, probablemente bisexual, como muchos. De todas formas en el caso de Nerón, niño mimado de la alta sociedad romana, ¿quién se hubiera atrevido a poner freno a estas correrías?

Otra transgresión mal tolerada fue la de considerar la homosexualidad femenina como normal… Según los griegos y su poetisa Safo, existía, pero no era frecuente. Nada que implicara la libertad de elección sexual de una mujer podía ser normal ni frecuente. Fue inevitable, que no es lo mismo.

e) La vida adulta

La vida adulta por otro lado, no implicaba que las relaciones con efebos, esclavos o mujeres concubinas o prostitutas, terminaran. Pero entraban dentro de un marco de cierta legalidad. No eran clandestinas ni necesarias.

Un ejemplo bien conocido de homosexualidad confesa en Roma es el de Adriano y Antinoo. Este muere trágicamente, ahogado, en Egipto, y su amante, el César, no se cansa de levantarle monumentos y templos, divinizando a su amado. El efebo provenía de Bitinia, y no se conoce con exactitud cómo entra en contacto con Adriano, pero sí del amor incontrolable que este llega a profesar a su amado, al punto de intentar divinizarlo después de su muerte…privilegio del que como sabemos sólo los césares gozaban.

Este estado de cosas, como vemos, era más fácil en Grecia que en Roma, ya que el patriarcado romano era tan absoluto y duro, que el jefe de la familia, debía dedicarse a la procreación de los hijos que deberían en el futuro heredar el patrimonio familiar. Pero las costumbres griegas pronto se aceptaron como normales también en el Imperio, aunque la prioridad y el tope del prestigio, lo mantuvieran las matronas, es decir, las mujeres madres de los hijos que heredarían el patrimonio familiar. Sus hijos, y sólo los suyos serían los reconocidos por el padre. Si no todos, por lo menos los necesarios para poder seguir adelante con la administración adecuada de la propiedad familiar[3]

Además, ya desde antiguo, desde Aristóteles y Galeno, se propaga la idea de que las relaciones heterosexuales son necesarias para que no se extinga la especie humana. Que sean necesarias, no implica que sean las únicas ni las mejores.

Pero el hecho de que los romanos tuvieran que justificar otro tipo de relaciones sexuales, nos indica que no siempre eran bien vistas…y que existían algunos reparos sociales a las mismas, aunque las costumbres pasaran por encima de los prejuicios ancestrales.

Los estoicos -recordemos el caso de Séneca- que huían del matrimonio por las complicaciones que traía y porque evitaba el poder dedicarse de lleno a la filosofía, no rehuían sin embargo este tipo de relaciones, siempre y cuando no implicaran un compromiso social. Séneca, muere por orden de Nerón, después de haber sido su tutor durante muchos años, acompañado de su concubina, que no lo deja sólo ni en el momento de su muerte. Pero no tenía esposa.

f) Cómo se supera el cerco de la familia patriarcal en Roma

En este tema es indudable la influencia de los griegos sobre los romanos, que pudieron así flexibilizar sus conductas sexuales. Civilización imperial y patriarcal extrema, cuando los griegos son “conquistados”, los romanos son influidos por sus costumbres. Como cada vez que una civilización conquista a una superior en lo cultural, se asumen las costumbres de los conquistados, su ideología, su forma de vida. La vía expedita hacia relaciones homosexuales, viene justificadas pues entre los romanos, también por el hecho de que los helenos las practicaban hace siglos…y la elite romana tenía por buen gusto admirar la cultura griega. Los esclavos griegos eran muy buscados como pedagogos en las familias pudientes, o alquilados en el Foro para educar a los hijos se clase media o plebeya que no pudieran comprar uno. Hablar griego, indicaba buena educación, conocer sus filósofos, el súmmum del conocimiento culto. Esclavos griegos amenizaban banquetes romanos recitando pasajes de sus autores clásicos.

g) Los estoicos

El estoicismo comienza a cambiar lentamente la escala de valores en las relaciones humanas. La moderación, el dominio de las pasiones, el autocontrol, la concordia entre los miembros de un matrimonio acordado entre un varón y una mujer, comenzaron a ser valorados, sobre otro tipo de acto sexual. El leit motiv justificatorio: es necesario que la especie humana no se extinga, viejo tema como vimos ya enunciado por Aristóteles y confirmado por el famoso Galeno. “Tengamos hijos legítimos que hereden nuestro patrimonio y prolonguen la vida de la humanidad sobre la tierra”, ese era el objetivo del paterfamilias.

El mensaje de los estoicos en realidad, era contra el matrimonio en general, y contra las relaciones de cualquier tipo que distrajeran del objetivo más sublime: la búsqueda de la comunión con Dios, más que contra la homosexualidad en sí misma. Todas estas relaciones eran malas en cuanto eran distractivas de la actividad fundamental del varón racional: la filosofía.

Decía Epicteto en sus Charlas, II, 22, 67-71:

“(…) Pero , en la situación actual de las cosas, cuando nos encontramos, por así decirlo, en plena batalla, ¿no es preciso que el cínico se vea libre de todo lo que puede distraerle, entregado por completo al servicio de Dios, sin comprometerse en unas relaciones sociales de las que no podría sustraerse si quiere salvaguardar su papel de hombre honrado y que no puede mantener sin destruir en sí mismo el mensajero, al iluminador, al heraldo de los dioses? En efecto, observa cómo habrá de cumplir ciertos deberes con su suegro, cómo tendrá que hacer ciertos servicios a los demás parientes de su esposa, a su misma esposa…; finalmente, tendrá que apartarse de su profesión y quedar reducido a la función de cuidar enfermos o de proveedor. Por no hablar de lo demás, necesitará una olla y tendrá que calentar el agua para su hijo, para bañarlo; lana para su mujer, cuando ésta tenga un hijo; aceite, vasijas, un camastro (habrá que aumentar el mobiliario); y las demás ocupaciones y distracciones (…)”[4]

h) La moral cristiana, pequeños y grandes cambios cambios





Los cristianos, adoptando la posición de algunos textos véterotestamentarios,- para ellos también Sagradas Escrituras- no aceptaban ni la homosexualidad, ni la bisexualidad. Aunque las costumbres romanas fueran muy difíciles de evitar sobre todo en las elites gobernantes que imitaban el uso griego o romano, la norma aprobada por la sociedad era la relación entre un varón y una mujer.

Toda esta temática de la moral estoica y la moral culta del Imperio, se ve reflejada en círculos cristianos. Una de las puntas del ovillo lo da la controversia entre Joviniano y Jerónimo por la virginidad, en el s.IV. A pesar de que los dos eran monjes, el primero defendía el matrimonio y el segundo lo condenaba. El primero utilizaba el viejo argumento de la necesidad de perpetuar la especie. El segundo, que el estado de virginidad y abstinencia era superior por el dominio que del cuerpo y sus necesidades.[5]

En una carta a Panmaquio[6] donde se defiende de los ataques de Joviniano, Jerónimo afirma:

“¿Es condenar el matrimonio por mi parte si digo que tribulaciones del matrimonio son: el llanto de los niños, las muertes de los hijos, los abortos de las casadas, las quiebras de la hacienda y cosas semejantes?”

Y un poco antes, en la misma carta (49,14) nos dice:

“Se ve, pues, que no tratamos de los cónyuges, sino que habamos sencillamente de la unión sexual, y decimos que, por comparación con la castidad y la virginidad y la semejanza angélica, es bueno para el hombre no tocar mujer"

De todas formas censura, como otros padres, los movimientos encratitas que despreciaban todas las uniones sexuales, y sobre todo las que se tenían entre varón y mujer para procrear, porque tener hijos era seguir con la rueda de crear materia, mala por definición.

Es decir, los Padres de la iglesia, defienden la virginidad a toda costa, pero algunos, como Ambrosio, Agustín o Clemente de Alejandría, más pastores que monjes, admiten que el matrimonio es bueno y además necesario, ya que sus propias congregaciones estaban formadas en un gran porcentaje por parejas casadas.

La pederastia, la homosexualidad, la bisexualidad quedarán proscriptas. Las relaciones sexuales son un mal necesario, no una bendición. Y en esto el texto de I Corintios 7 de la Carta de San Pablo es determinante y marca la argumentación de los Padres:

“No os neguéis el uno al otro sino por mutuo acuerdo, por cierto tiempo, para daros a la oración; luego, volved a estar juntos, para que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia. Lo que os digo es una concesión, no un mandato. Mi deseo sería que todos los hombres, fueran como yo; más cada cual tiene de Dios su gracia particular: unos de una manera, otros de otra. No obstante, digo a los célibes y las viudas: Bien les está quedarse como yo. Pero si no pueden contenerse, que se casen, mejor es casarse que abrasarse.” (vs. 5-9)

El mensaje: “es necesario mantener relaciones heterosexuales para perpetuar la especie”, es mal leído por algunos cristianos como Clemente de Alejandría, que sólo las justifica en tanto y en cuanto se deje preñada a la mujer, e incluso aconseja no mantener relaciones cuando se ha logrado el objetivo.[7] Es decir no sólo se dejan de lado las relaciones homosexuales, se permiten las heterosexuales como un mal necesario, pero no deseado. Pero notemos que este autor está muy influido por el pensamiento estoico, a un punto tal que las citas de estoicos que nos han llegado, las ha guardado él en sus escritos.

Lo que en realidad pasó fue que la moral culta del imperio, coincidió con algunas pautas estoicas y cristianas que desmerecían cualquier tipo de actividad sexual que no tuviera como finalidad la procreación, aunque los cristianos especialmente discernieron en contra de las relaciones homosexuales, en forma absoluta y contundente. En este sentido podríamos decir que el cristianismo “democratizó” pautas morales de las clases dominantes y absolutizó sus propias normas.

El tema toma relevancia social cuando las costumbres cristianas se convierten en ley con Teodosio el Grande, a fines del s.IV y la homosexualidad pasa a ser penada por el Código Teodosiano como un delito.

Hay muchos esfuerzos de exégesis especializadas que intentan demostrar que lo que la Biblia censura no son las relaciones entre personas del mismo género, aludiendo a las palabras originales griegas o hebreas, pero en realidad textualmente se rechaza este tipo de conexiones. Levítico 18:22 dice literalmente: “No te acostarás con varón como con mujer; es abominación”…por más vuelta que le demos a las palabras utilizadas, la lectura lineal es imposible de suavizar.

Pero somos concientes que otra vez estamos deshistorizando los pasajes bíblicos, transformándolos en dogma. Y no creemos que sea lo correcto para una buena exégesis de los textos bíblicos, ni de ningún texto antiguo en particular. Justamente su ubicación histórica es lo que nos da, en la interpretación de estos textos, algún grado de certeza en la hermenéutica de los mismos.

Volveríamos sino al consabido y viejo argumento de que debiéramos entonces cumplir al pie de la letra todos los mandamientos, incluso los alimentarios, los que tienen que ver con las curaciones de enfermedades, la sanación de la “lepra” de las paredes, etc., etc. Es imposible. Esos mandamientos respondían a un tiempo y una sociedad dada. Es algo así como decir ahora: Está prohibido utilizar Internet… es inconcebible en nuestra época. Es una costumbre que responde a nuestras necesidades globalizadas y quién sabe cómo evolucionará en un futuro muy próximo, ya que los tiempos ahora son mucho más cortos para las mudanzas sociales, ni decir los tiempos del desarrollo tecnológico, que han cambiado nuestra forma de vivir y comunicarnos. Y hasta de relacionarnos

Conclusiones

La homosexualidad es una elección posible dentro de las relaciones sexuales del ser humano. La podremos negar, resistir, desautorizar, utilizar argumentos racionales, biogenéticos, religiosos…pero la homosexualidad existe. Y si creemos en un ser humano libre y responsable en sus elecciones, deberemos aceptar que pueden o no gustarme las elecciones de mi prójimo, pero debo respetarlas. También debemos aceptar que no todas las sociedades lo hicieron a lo largo de la historia, y que la historia de nuestra discriminación tiene más que ver con una conjugación de moralidad estoica, cristiana y culta del imperio, que coincidieron en rechazarla primero y negarla después, por considerar más prestigioso el control de las pasiones, cualesquiera que estas fueran, y el control del propio cuerpo y sus necesidades a favor de una vida altamente filosófica o altamente angelical, según fuera el caso de que nos refiramos a estoicos o a judeocristianos.

No todos están de acuerdo. Está bien. Así debe ser, siempre y cuando aceptemos aquélla famosa frase que nos enseñaron de niños: “Mi derecho termina donde empieza el derecho de los demás”.

La construcción del rechazo a la homosexualidad es histórica y obedece a causales circunstanciales. Las circunstancias sociales cambiaron, la sociedad reacciona ahora de diferente manera. Todos tenemos derecho a opinar a favor o en contra, siempre y cuando podamos escuchar, y en serio, qué es lo que dice el otro o la otra y no dogmaticemos el tema en cuestión.

Es difícil. Somos una sociedad discriminadora, nos cuesta mucho aprender a escuchar y dejar hablar al que piensa diferente a lo que nosotros pensamos…pero ¿si hacemos el intento? Los invito a sumarse al camino del respeto mutuo, del interés por su punto de vista, aunque no coincida con el nuestro. No es fácil. Como dije, es difícil…pero ¿y si lo intentamos…?


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[1]]Jenofonte. Memorables, 2.6.28; El Banquete , 8. En este último tiene una buena profusión de características externas que nos permiten comprender lo que era el ambiente normal de un banquete griego (abundante vino, juegos de sobremesa, presencia de una flautista, una bailarina y un efebo). Todavía Gregorio de Nisa, en el s.V, aconsejará no invitar a hetairas a un banquete nupcial y controlar el uso del vino. La relación con efebos ya habían sido prohibida por ley por el cristianismo de Estado, en época de Teodosio, fines del s.IV.

[2] En II Samuel 1, 25b-26, David exclama: “¡Jonathan! Por tu muerte estoy herido, por ti lleno de angustia, Jonathan, hermano mío, en extremo querido, más delicioso para mí tu amor que el amor de las mujeres”

[3] No olvidemos que la exposición de niños estaba permitida para mantener el equilibrio familiar, así como el despeñamiento de los hijos no deseados en Grecia. No era así para los cristianos, que ya tan temprano como en un documento de fines del s.I (la Didajé) aseguran que respetando el “No matarás”, los cristianos no exponen a sus hijos.

[4] Es interesante comprobar cómo el mismo discurso, pero dirigido a las mujeres utilizarán Ambrosio, Jerónimo y otros padres de la Iglesia, para inclinarlas hacia la virginidad, hacia el ascetismo, hacia una vida dedicada solamente a servir a Dios (y al obispo, los huérfanos, los enfermos, y toda autoridad que lo necesitara)

[5] Aquí debemos intentar una explicación previa a desarrollar este tema. Los cristianos introducen un tercer estado sexual: el de la abstinencia absoluta, por propia decisión personal. El hecho de permanecer virgen los acercaba, según creían, al estado angélico supralapsario (antes de “la caída” de Adán y Eva)…es decir los alejaba del pecado de desobediencia de Eva y de Adán y los acercaba al Reino prometido, o al paraíso perdido, al decir de Isaías 11, ya en esta tierra y antes del Juicio Final.

[6] 49,18/

[7] El Pedagogo, II, 95,3 “Pero unirse sin buscar la procreación de los hijos es un insulto a la naturaleza, a la que debemos tomar como maestra, y observar los sabios preceptos de su pedagogía, relativos al tiempo oportuno para la unión; me refiero a lo que ella ha establecido para la vejez y la juventud –a ésta no le permite aún el matrimonio; a la vejez no se lo permite ya- que no siempre puede contraer nupcias. El matrimonio tiende a la procreación de los hijos, no a la evacuación desordenada del semen, que es cosa contraria a la ley a la razón. (Subrayados nuestros)

Por Diana Rocco Tedesco

(*) Diana Rocco Tedesco es Licenciada en Teología egresada de ISEDET, 1969. Profesora en Historia, Universidad de Buenos Aires, 1976, Doctorado en Historia (UBA) con especialidad en Historia del Cristianismo antiguo, 2002. Es miembro de la Iglesia Metodista y profesora visitante (Dpto. de Historia) en ISEDE.

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