sábado, 6 de abril de 2024

LA IGLESIA EN LA COLONIA - INTOLERANCIA Y FUNDAMENTALISMO

                                         


La Iglesia que llegó a América trajo, pues una posición fundamentalista, que consistía en la convicción de que la doctrina católica debía ser impuesta aunque fuese a sangre y fuego. Pero, además de ese “espíritu de cruzada” imbuido por la Contrarreforma, los conquistadores y sacerdotes trajeron al nuevo continente la intolerancia étnico – religiosa heredada de la “Guerra de Reconquista” española contra los moros, concluida apenas tres décadas antes del descubrimiento de América.

Con esa convicción, frailes y clérigos de varias órdenes religiosas llegaron junto con los soldados de la conquista y contribuyeron con su prédica  y asesoría espiritual a justificar todos los excesos de la dominación colonial, con muy pocas y honrosas excepciones, como las de fray Bartolomé de Las Casas y San Pedro Claver, que abogaron por el respeto a los indios y a los negros, respectivamente.

Al llegar los europeos al nuevo continente se encontraron con una cultura indígena altamente desarrollada, que tenía como parte de sus concepciones naturalistas un profundo respeto a la feminidad, en tanto que ella representaba la fertilidad de la madre naturaleza y la reproducción de todos los seres. A diferencia de la cultura judeo – cristiana, que veía a la sexualidad como una muestra reiterada y culposa del “pecado original”, los indios de América actuaban frente a ella con una absoluta naturalidad y por el contrario, exaltaban la fecundidad y la procreación como un don divino.

Donde este culto a la fertilidad alcanzó sus mayores expresiones fue en las culturas agrarias de la costa ecuatoriana, en las cuales la imagen femenina, representada en  Multiples maneras,  constituía el centro simbólico de un elaborado culto a la fertilidad. Las maravillosas figurinas de cerámica que hoy conocemos como las “Venus de Valdivia”, abundantemente difundidas por toda el área cultural valdiviana, nos revelan toda la riqueza y magia de aquel culto; son imágenes de mujeres embarazadas, o de mujeres que cruzan los brazos bajo los senos desnudos, en una suerte de ofrenda de vida, y siempre muestran una feminidad espléndida, adornada de infinidad de peinados y gozosa de la vida. Similar sentido vital tenía, en la cultura Milagro – Quevedo,  el uso ritual de “falos sembradores”, voluminosas piezas huecas de cerámica y con agujeros en la punta, que servían para asperjar las semillas en la tierra.

En el imperio Inca también hubo un culto a la fertilidad, manifestado en la presencia de grandes diosas femeninas, tales como la “Pacha Mama” (la tierra), la “Mama Killa”
(la luna) y la “Mama Cucha” ( el mar), y de diosas menores como “Mama Sara” ( el maíz), “Kollka” y Machacway” (las estrellas), “Mama Coca” (la coca), “Mama Uchu” (el ají o chile), y “Mama Aswa ( la chicha ). Una estatuilla, “Wagalmojón”, representada por una mujer con los genitales descubiertos, era adorada en todas las casas para proteger el embarazo y la fertilidad. Reinando sobre todas ellas estaba un gran dios masculino, el sol.

Hubo una doble moral en los religiosos de  casi todas las comunidades eclesiásticas, puesto que mientras predicaban a la sagrada labor de redimir las almas de los “salvajes”, se aprovechaban de su trabajo, de sus tierras y de sus mujeres e hijas, prometiéndoles el premio de un paraíso nebuloso a cambio de sus sufrimientos en la tierra. Sin embargo, según algunos historiadores, de estos desórdenes “de la carne” se salvaban los jesuitas, quienes estaban demasiado ocupados en aumentar las riquezas y bienes terrenales de su comunidad.



El cronista indígena, Felipe Guamán Poma de Ayala, en 1615 rescribió un desgarrador testimonio de la conducta inmoral de los funcionarios y sacerdotes españoles: “Las dichas justicias y corregidores y padres de las doctrinas y tenientes de las ciudades y villas y provincias de este Reyno, con poco temor de Dios y de la Justicia, andan rondando y mirando la vergüenza de las mujeres casadas y doncellas y hombres principales. Y andan robando sus haciendas y fornican a las casadas y a las doncellas las desvirgan. Y así andan perdidas y se hacen putas y paren muchos mesticillos y no multiplica los indios. ( Nueva Crónica y Buen  Gobierno” – Poma de Ayala. )

En otra parte agregó Poma: “Los dichos padres de las doctrinas tienen unas Indias en las cocinas o fuera de ella que le sirve como su mujer casada y otras por mancebas en ellas tiene veinte hijos, público y notorio. Y a estos hijos mestizos les llama sobrinos y dicen que son hijos de sus  hermanos y parientes”. Finalmente, incluyó entre sus testimonios el sermón de uno de aquellos clérigos, que usaba el púlpito para preparar anímicamente a las víctimas de su lujuria: “Si un mulato te forzara, darías a luz un indio mitayo. Pero si un español te fueza, das a luz a un niño muy bonito ( Poma de Ayala, Tomo II, p.538)

La conducta de los religiosos y dichas prédicas influyeron posteriormente en las indias, quienes empezaron a aceptar y aún a buscar relaciones con españoles, con la esperanza de que sus hijos mestizos no tuviesen que tributar al monarca y pudiesen tener acceso a una vida mejor.

Jenny Londoño López.
Historiadora Ecuatoriana.

Tomado de ¿Angeles o demonios? Las mujeres y La Iglesia en la Audiencia de Quito.

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